Esta catequesis fue impartida el viernes anterior al primero de mayo de 2026 y con motivo de la celebración del día del trabajo. No se expuso mediante una presentación, sino a través de las ideas que aparecen en el texto que incluyo.
El trabajo no es un paréntesis en la vida del cristiano , es una dimensión más de la vida cristiana y llega a ser también un camino de santidad. Es el seguimiento de Cristo en lo que hacemos; no debemos verlo como méritos sino todas nuestras actividades con espíritu de servicio. Va todo unido, la persona es una. Nuestro fin debe ser construir la Iglesia, el reino, colaborar con Dios, servir a otros, etc.. y esto viene a complementar otras actividades eclesiales que podamos hacer, como rezar y recibir formación, todo esto van sumando para entender nuestra vida con un verdadero sentido cristiano. Nuestra vida y actividades como un servicio a los demás.
Según Juan Pablo II, hay un “Evangelio del Trabajo”, ya que el trabajo humano se abre a la posibilidad de participar en la obra de la creación. Dios tenía un plan original para el hombre, para participar y cooperar en su obra, pero el hombre se aparta de ese plan original y cede a la tentación de vivir su vida al margen de dios. El plan de Dios se ve dificultado por esto, la fatiga y el sudor, pero no pierde su sentido original. Otra tentación que surge con el pecado original es la explotación humana, a ponerse por encima de otros, de considerarse superior a los demás.
En la comprensión cristiana, el trabajo humano no es considerado “ni un castigo ni una maldición” sino que “representa una dimensión fundamental de la existencia humana no sólo como participación en la obra de creación, sino también de la redención”.
Compendio de DSI, 263. El trabajo representa una dimensión fundamental de la existencia humana no sólo como participación en la obra de la creación, sino también de la redención. Quien soporta la penosa fatiga del trabajo en unión con Jesús coopera, en cierto sentido, con el Hijo de Dios en su obra redentora y se muestra como discípulo de Cristo llevando la Cruz cada día, en la actividad que está llamado a cumplir. Desde esta perspectiva, el trabajo puede ser considerado como un medio de santificación y una animación de las realidades terrenas en el Espíritu de Cristo.
Juan Pablo II en la encíclica social Laborem Exercens destaca esta dimensión del trabajo como una participación y prolongación en la obra del Dios Creador. “En la palabra de la divina Revelación está inscrita muy profundamente esta verdad fundamental, que el hombre, creado a imagen de Dios, mediante su trabajo participa en la obra del Creador, y según la medida de sus propias posibilidades, en cierto sentido, continúa desarrollándola y la completa, avanzando cada vez más en el descubrimiento de los recursos y de los valores encerrados en todo lo creado”.
Centralidad de la persona. El valor del trabajo reside en el trabajador y no en el trabajo en sí. todo trabajo tiene un valor en sí mismo debido a la presencia humana de aquel que lo realiza. Independientemente del trabajo que se realiza, la persona merece siempre ser tratado con el respeto y la dignidad debida a todo y cada ser humano.
Reducirlo todo a los beneficios. Reducir la sociedad a un mercado. Hay una mentalidad clasista todavía existente en la sociedad, otra por desempeñar un cierto tipo de trabajo y merecer menor reconocimiento en la sociedad por desempeñar un trabajo malamente llamado “humilde”.
En la antigüedad y en la edad media hubo socialmente un desprecio por el trabajo, adjudicado a clases bajas o visto como un castigo y una penitencia. Se estima que la reivindicación del trabajo como valor social empezó con los luteranos y con los calvinistas, en los inicios del capitalismo, pero en el siglo XIX se difundió plenamente en Europa Occidental y los Estados Unidos la moral laboral, más entre la clase media que en la aristocracia y los obreros.
La adicción al trabajo. El ser humano no puede ser un esclavo del trabajo. Se trabaja para vivir y no se vive para trabajar, ya que en este segundo caso también el individuo se hace a sí mismo un esclavo del trabajo.
La adicción al trabajo no consiste únicamente en ampliar la jornada laboral, sino que se manifiesta, sobre todo, en una forma de vivir e interpretar la propia actividad laboral. Personas que experimentan una necesidad excesiva e incontrolable de trabajar repercutiendo en su salud, en sus relaciones familiares y sociales y en su equilibrio psíquico. Por ejemplo, empezar un nuevo negocio puede ser algo que requiera todo nuestro tiempo al principio. O un nuevo empleado puede invertir largas horas para causar una buena impresión al comienzo de un empleo.
Es natural que en algunas personas prevalezca el interés científico o técnico suscitado por la actividad ejercida y en otras la necesidad de obtener ingresos. Motivaciones insuficientes o incorrectas son, por ejemplo, trabajar “porque no queda más remedio” hasta el punto de trabajar con desgana, lo menos posible y con continuos errores o imperfecciones técnicas, que especialmente en algunas profesiones pueden tener consecuencias graves (medicina, etc.)
Otro caso es hacer del trabajo un medio de autoafirmación: de demostrar a sí mismo y a los demás la propia valía, o bien la capacidad de vencer a la competencia; trabajar solo por ambición o por deseo de poder; ver en el trabajo un medio de refugiarse o de desentenderse de otras obligaciones. Estas motivaciones son incorrectas, entre otras cosas, porque colocan el trabajo fuera del ámbito del amor y de la colaboración con Dios.
En qué consiste hacer un buen trabajo
El trabajo es la prolongación del trabajador y, por ello, habría que cuidar e insistir en la obligación de la realización de un buen trabajo porque es una expresión de la misma persona que lo realiza. Además, mediante el trabajo uno está prestando un servicio a la sociedad. Juan Pablo II subraya que “el hombre debe trabajar por respeto al prójimo, especialmente por respeto a la propia familia, pero también a la sociedad a la que pertenece, a la nación de la que es hijo o hija, a la entera familia humana de la que es miembro, ya que es heredero del trabajo de generaciones y al mismo tiempo coartífice del futuro de aquellos que vendrán después de él con el sucederse de la historia.
Valor humano y cristiano de la actividad profesional
El trabajo profesional —para las personas más jóvenes, el estudio o la formación profesional— es la actividad que ocupa más horas cada día y en el conjunto de la vida. En él confluyen diversas tendencias humanas: la actividad, al desarrollo de las propias capacidades, a la creatividad, a la colaboración social, a configurar el mundo, a mejorar la posición social y económica, etc. Lo que da dignidad es el trabajo. El que no tiene trabajo, siente que le falta algo, le falta esa dignidad que da propiamente el trabajo.
Para un cristiano el trabajo profesional es además un medio de santificación y de apostolado. El trabajo se convierte en un medio por el cual Dios nos santifica, y es también el modo en que transmitimos su Amor al mundo: hacemos presente el cuidado de Dios hacia cada persona y, a través del trabajo de los demás recibimos su cuidado amoroso. En efecto, Dios quiere otorgar sus dones por mediación de otros hombres. Este es el sentido cristiano de todo trabajo y por esta razón dependemos unos de otros.
El trabajo aparece como una actividad en la que confluyen casi todas las virtudes éticas: "La fortaleza, para perseverar en nuestra labor, a pesar de las naturales dificultades y sin dejarse vencer nunca por el agobio; la templanza, para gastarse sin reservas y para superar la comodidad y el egoísmo; la justicia, para cumplir nuestros deberes con Dios, con la sociedad, con la familia, con los colegas; la prudencia, para saber en cada caso qué es lo que conviene hacer, y lanzarnos a la obra sin dilaciones".
Conclusiones
- Forma parte de su vocación cristiana.
- Medio de santificación propia y ajena y de enriquecimiento del mundo natural y humano
- Es un don de Dios para servirle a Él y al prójimo. Es una forma de acercarnos a Dios y al prójimo al tiempo que desarrollamos nuestras cualidades y personalidad. Esta idea pasa desapercibida para muchos cristianos y nos planteamos que no hacemos nada o no estamos cerca de la gente. Realizando nuestras tareas ya estamos cerca de la gente, les estamos sirviendo.
- Participamos en la creación, estamos colaborando a hacerla más hermosa, más grande.
- El trabajo es don y gracia, es un regalo ya que por él somos colaboradores de Dios; Dios pone la ceración en nuestras manos y nos deja la tarea de conservarla y hacerla crecer.
- Ni es un castigo, ni una obligación: atendemos a las necesidades de nuestra familia y estamos al servicio de todos nuestros hermanos. Lo mismo ocurre con nuestro esfuerzo, también otros se benefician.
Se comenta Gaudium et spes 34
Lectura y comentario de algunos párrafos de la homilía de “en el taller de José” de San José María Escrivá:
"El trabajo acompaña inevitablemente la vida del hombre sobre la tierra. Con él aparecen el esfuerzo, la fatiga, el cansancio: manifestaciones del dolor y de la lucha que forman parte de nuestra existencia humana actual, y que son signos de la realidad del pecado y de la necesidad de la redención. Pero el trabajo en sí mismo no es una pena, ni una maldición o un castigo: quienes hablan así no han leído bien la Escritura Santa.
Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras.
Dios, al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: Procread y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la tierra14. Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora.
Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar,. Puede amar a las otras criaturas, Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara.
El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por Él, herederos de sus promesas. Es justo que se nos diga: ora comáis, ora bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios15.
Si trabajamos con este espíritu, nuestra vida, en medio de las limitaciones propias de la condición terrena, será un anticipo de la gloria del cielo, de esa comunidad con Dios y con los santos, en la que sólo reinará el amor, la entrega, la fidelidad, la amistad, la alegría".
Preguntas para compartir
• ¿Qué situaciones laborales te han hecho crecer como persona?
• ¿Qué parte de tu trabajo o situaciones te han hecho sentir más útil y conectado con los demás?
• ¿A quién sirves con tu trabajo, aunque no siempre lo pienses así?
• ¿Quién te viene a la mente cuando piensas en alguien que se beneficia de lo que haces?
• ¿Has vivido alguna vez que tu trabajo fuera ocasión de encuentro, reconciliación o apoyo para alguien?
• ¿ has sentido en algún momento que Dios estaba presente en tu jornada laboral?
• ¿Qué puede ayudar a mantener una actitud cristiana cuando el trabajo se vuelve pesado o injusto?
• ¿Qué parte de tu trabajo te cuesta ofrecer a Dios?
• ¿Qué te ha enseñado el trabajo sobre tus límites y tus talentos?
• Si Jesús se sentara contigo al final de una jornada, ¿qué crees que te diría sobre tu manera de trabajar?