Hay situaciones que vivimos, sucesos que ocurren en la vida, experiencias por las que pasamos que hacen pensar que esas cosas solo nos pasan a nosotros, que tenemos muy mala suerte, que hay alguien que parece mover los hilos de nuestra historia para que sucedan todo tipo de desgracias.
Son momentos de mucha tensión, sufrimiento, angustia, dolor, y hay una pregunta de fondo que surge en el corazón ¿dónde está Dios en todo esto? Si existe, ¿está dormido? ¿Le soy indiferente? ¿O es que busca mi mal?
Todos hemos pasado por momentos de oscuridad, de adversidad, de sentirnos acorralados por la desgracia, pero ¿es cierto que en esos momentos Dios se hace el sordo, o se olvida de nosotros?
Pero también es cierto que a lo largo de toda la existencia del ser humano podemos reconocer en muchas experiencias una mano providente que acompaña, sostiene, alienta, ilumina a la persona que sufre ante los acontecimientos humanos que suceden, y convierte la tristeza en gozo, el sufrimiento en alegría, la angustia en paz.
¿Conoces alguna de estas historias? ¿Has pasado tú por esa experiencia?
La Sagrada Escritura llama historia de salvación a todos esos acontecimientos. Tras contemplar la maravillosa obra de la creación en el Libro del Génesis, el autor sagrado intenta acercarnos a entender cómo ha irrumpido el mal en el mundo, ese mundo que Dios vio que era muy bueno.
Hay dos personajes, Abrahán y Moisés, que nos pueden ayudar a descubrir cómo el don de la fe permite reconocer que en la adversidad y en el dolor Dios sale a nuestro encuentro, nunca nos ha dejado solos y, a pesar de nuestras dudas e infidelidades, Dios siempre es fiel.
LA FE DE ABRAHAM
Hace mucho tiempo, en una tierra llamada Ur, vivía un hombre llamado Abraham. Era un hombre especial porque amaba mucho a Dios y siempre trataba de hacer lo correcto. Un día, Dios habló con Abraham y le dijo: «Abraham, quiero que dejes tu hogar y a tu familia, y vayas a una tierra nueva que te mostraré» .
Abraham no sabía cómo sería esa tierra, pero confiaba en Dios. Junto con su esposa, Sara, y su sobrino Lot, viajaron por caminos llenos de polvo y cruzaron desiertos, pero Abraham sabía que Dios estaría con él.
Después de muchos días, finalmente llegaron a la tierra que Dios les había mostrado. Era una tierra hermosa y llena de promesas, y Dios le dijo a Abraham que esta tierra sería el hogar de su familia. Dios también le prometió algo maravilloso: «Tu descendencia, es decir tus hijos y los hijos de tus hijos, será tan numerosa como las estrellas en el cielo».
Abraham y Sara estaban muy felices, pero había un problema. A pesar de que eran muy mayores, no tenían hijos como Dios había prometido. Sin embargo, Abraham confiaba en Dios y creía que Dios cumpliría su promesa, incluso si parecía imposible.
Después de mucho tiempo, Dios cumplió su promesa y les dio un hijo. Lo llamaron Isaac. Abraham estaba lleno de alegría y gratitud por este regalo tan especial. Isaac creció y se convirtió en un joven muy valiente y amable.
Pero un día, Dios puso a Abraham a prueba. Le pidió algo muy difícil de hacer: que sacrificara a su hijo Isaac como una muestra de obediencia y confianza en Dios. Abraham se sintió triste y confundido, pero estaba dispuesto a obedecer a Dios.
Abraham subió a un monte para ofrecer a su hijo a Dios. Pero justo cuando estaba a punto de hacerlo, un ángel de Dios apareció y lo detuvo. Dios había visto la fe y la obediencia de Abraham, y le proporcionó un carnero para que lo sacrificara en lugar de Isaac.
Dios dijo “Prometo por mí mismo que porque hiciste esto y no me negaste a tu hijo, tu único hijo, te daré mi bendición y multiplicaré tu descendencia. Tendrás tantos descendientes como estrellas hay en el cielo y arena a la orilla del mar»
La vida de Abraham continuó, y Dios lo bendijo en muchas formas. Abraham vivió una vida larga y plena, siempre recordando la fidelidad de Dios y cómo Dios cumplió sus promesas.
LA FE DE MOISÉS
Hace muchísimos años, en la antigua tierra de Egipto, vivía un faraón que gobernaba con mano dura sobre el pueblo hebreo.
Los hebreos eran una tribu que Dios había elegido como su pueblo y para los que Dios tenía un plan específico.
El faraón, temiendo que los hebreos se hicieran más numerosos y poderosos, dictó una orden cruel y despiadada. Decretó que todos los bebés niños hebreos debían ser matados al nacer.
Pero una madre hebrea, llena de amor y valentía, decidió hacer algo para salvar a su bebé. Tomó una canasta de mimbre, colocó a su bebé en la canasta y la dejó flotar en el río Nilo.
La hija del faraón, una princesa, fue a bañarse en el río. Cuando vio la canasta flotando, encontró a un hermoso bebé dentro. La princesa supo de inmediato que era un bebé hebreo, pero en lugar de hacerle daño, sintió amor y ternura por él.
La princesa decidió adoptar al bebé y le puso por nombre Moisés. A partir de ese momento, Moisés creció en el palacio del faraón, rodeado de riquezas y lujos. Pero a medida que crecía, su corazón se llenaba de preguntas y dudas sobre su verdadera identidad.
Un día, Moisés presenció cómo un guardia egipcio maltrataba a un hebreo. Se llenó de ira y decidió intervenir para proteger a su hermano hebreo. Moisés golpeó al guardia y lo mató. Esto hizo que Moisés se sintiera asustado y confundido, y decidió huir de Egipto hacia el desierto.
En el desierto, Moisés se encontró con una vida completamente diferente. Aprendió a ser un pastor y vivió una vida sencilla, lejos de la riqueza y el poder del palacio. Fue durante este tiempo que algo extraordinario sucedió.
Un día, mientras Moisés cuidaba de sus ovejas en el monte Horeb, vio una zarza ardiente, pero que no se consumía en el fuego. Este fue un momento asombroso, porque la voz de Dios se hizo presente desde la zarza. Dios le habló a Moisés, diciéndole que debía regresar a Egipto y liberar a los hebreos de la esclavitud.
Moisés, aunque se sentía asustado e inseguro, decidió confiar en la guía de Dios y obedecer a lo que le había pedido. Entonces, Moisés regresó a Egipto para pedir al faraón que dejara marchar a los hebreos.
El faraón no iba a aceptar fácilmente tal petición, ya que los hebreos eran sus esclavos. Así, el faraón se negó una y otra vez, endureciendo su corazón.
Entonces, Dios advirtió al faraón con 10 plagas de que dejara marchar a los hebreos. Por ejemplo, Dios envió una plaga de ranas: había ranas por todas partes, si estabas en la cama, había ranas; si estabas en la mesa, había ranas; y si ibas a jugar a a la calle, también había ranas.
Aun así, aunque había ranas por todas partes y era muy difícil vivir, el faraón seguía negándose a dejar marchar a los hebreos. Entonces Dios envió más plagas: plagas de moscas que apenas te dejaban respirar y plagas de langostas que se comían toda la cosecha.
Pero el corazón del faraón seguía endurecido y no dejó que se marcharan. Entonces, Moisés dijo al faraón: si no dejas que mi pueblo se marche, Dios enviará la plaga más cruel que nunca hayas visto: la muerte de los primogénitos en Egipto.
Esta plaga no afectó a los hebreos porque Dios ordenó a su pueblo que matara un cordero y pusiera un poco de sangre del cordero en las puertas de sus casas para que, cuando el ángel de Dios pasara, viera que el cordero había muerto en el lugar del primogénito.
Finalmente, después de que esto ocurriera, el faraón cedió y permitió que los hebreos fueran liberados.
Moisés reunió a los líderes y les dijo que no olvidarían este día en el que Dios les liberó; para ello, recordarían este día con la Pascua: el recuerdo del día en que Dios pasó por alto las casas de los israelitas y los rescató.
Los israelitas salieron de Egipto y pronto llegaron al desierto mientras se dirigían a la tierra que Dios les había prometido. Pero el faraón se arrepintió de haber liberado a los israelitas y los persiguió con un gran ejército. Mientras los israelitas avanzaban por el desierto, se encontraron con el obstáculo más grande de todos: el Mar Rojo.
Entonces, Moisés hizo algo increíble. Extendió su vara y Dios obró un milagro. El agua del Mar Rojo se dividió en dos y se formó un camino seco en medio del mar.
Cuando los egipcios intentaron perseguir a los israelitas, las aguas volvieron a su lugar original y los egipcios quedaron atrapados en el mar. Fue una victoria para los israelitas y un recordatorio del poder de Dios.
Después de que Moisés y los israelitas cruzaron el Mar Rojo, continuaron su viaje por el desierto hacia la Tierra Prometida.
Una de las primeras cosas que Moisés hizo fue ayudar a su pueblo a encontrar comida y agua. Dios fue muy amable y les envió algo llamado «maná» del cielo. Era como una especie de pan. También hicieron un alto en el camino y encontraron agua fresca en una roca.
Después de eso, Moisés subió a una montaña muy alta llamada el monte Sinaí. Dios le dio a Moisés diez reglas muy importantes para que las siguieran. A estas reglas se les llama los Diez Mandamientos. Eran como un mapa para vivir una vida feliz.
Durante todo el viaje por el desierto, Moisés siempre estuvo allí para ayudar a su pueblo y guiarlos. A veces, algunas personas se enfadaban y se quejaban, pero Moisés les recordaba que Dios siempre estaba con ellos y que debían confiar en Él.
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